miércoles, junio 12, 2013

UN MANTO NUEVO COMO PREMIO



 
  
Mientras Rómulo y sus amigos se dirigen a Cenina la mañana del 21 de diciembre y en esta ciudad la hija y las sobrinas del rey Acrón se preparan para dar un paseo por la orilla del río Anio, en el Aventino el mayoral de los rebaños de Númitor y padre de Flora, Caius, se había entrevistado en secreto con Hortensio y preparaba una trampa para cazar a Remo.

Tras haberse puesto de acuerdo con Caius y abandonar el refugio de los pastores del Aventino, Hortensio penetró en un bosque de robles que jalonaba la ladera de esa misma colina. Previendo la conformidad del mayoral de Númitor para tender una trampa a Remo, había tomado la precaución de citarse a escondidas con muchachito llamado Calvo. Lo conocía desde tiempo atrás, era ambicioso y avispado y justo acababa de empezar su iniciación, de modo que se relacionaba con cierta asiduidad con el grupo de Remo. Era una buena elección.
Casi enseguida llegó Calvo, sin hacer ruido. Permanecieron agachados y ocultos entre los árboles, sin dejar de vigilar el valle de Murcia.
- Lo haremos hoy. ¿Recuerdas mis instrucciones? - preguntó Hortensio.
- ¿Me crees tonto? ¡No son tan difíciles de recordar! - respondió Calvo en tono de suficiencia, con cierto desdén.
- Esto no es un juego, ¿sabes? - le espetó con severidad el otro -. Saldrás muy beneficiado si cumples bien, pero pobre de ti si nuestro plan se estropea por tu culpa. Lo lamentarás toda la vida.
- No te arrepentirás de haber confiado en mí.
- Si Remo llegara a sospechar algo…
- Lo conozco y sé cómo manejarlo. Además, tengo influencia sobre mis compañeros y mucha costumbre de imponerme a los demás. Caerá en la trampa como un corderito. Y nadie más se dará cuenta… Ni en el momento en que ocurra, ni después.
- Eso espero. Es preciso darle apariencia de casualidad - dijo Hortensio - Por eso es importante que apoyes y refuerces a Córito con disimulo. Será el señuelo.
- Tantas precauciones conmigo, ¿y confías en ese tonto? - preguntó Calvo -. Me parece muy arriesgado.
- No confío en él, sino en su simpleza. Y para eso estás tú, para conseguir que todo discurra según lo planeado. Nadie le atribuye malicia al tonto, por eso su propuesta no levantará recelos. Debes permanecer atento, actuar sólo para enderezar la situación si se tuerce. ¿Está claro?
Calvo asintió con la cabeza, permaneció unos momentos más en ese escondrijo y luego se deslizó, tan silenciosamente como había llegado, en dirección al monte Murco. Prefería dar un rodeo antes de encontrarse de nuevo con sus colegas de iniciación. Solían reunirse con el grupo de Remo en el valle que separaba el Palatino y el Celio, y allí charlaban y practicaban toda clase de ejercicios. No tardarían en llegar unos y otros, pues era ya media mañana.


Fausta cogió un recipiente para el agua, salió de su casa y descendió por la escalera de Caco. Al llegar a la altura de la cueva de Fauno se desvió hacia la izquierda y con muchas precauciones entró en la cueva. Cada mañana iba allí con la esperanza de volver a encontrar al lobato. Una esperanza vana, pues ya debía estar muerto. Sentía pena por él y por su hermano Rómulo, quien se había aficionado al animal y se culpaba de no haberlo protegido debidamente. Sin embargo, la vida era así de dura, así de difícil para los pequeños, para los indefensos y los débiles. Se sentó en la oscuridad, escuchando el levísimo rumor de la fuente. Cerró los ojos y sintió un gran bienestar, una presencia sacra. Cayó en un sueño profundo.
Se despertó boqueando porque le faltaba el aire. Estaba helada y cubierta de un sudor frío. Se deslizó temblando hasta la entrada de la cueva. Tendió la mirada a lo lejos y le pareció ver a una persona conocida cruzar deprisa el valle de Murcia, desde el Aventino hacia el altar de Consus. Sacudió la cabeza. No podía ser Hortensio. Todos los varones, menos los iniciandos, se habían marchado a Cenina. Sería alguno de los pastores de Caius. O su propio aturdimiento le había hecho ver mal.
Se acercó al refugio de Remo, ubicado a un tiro de piedra de la gruta, por si le encontraba allí. Él y sus amigos Fabios habían reconstruido la choza destrozada por los hombres del Aventino y parecía casi nueva. Dentro no se oía ningún ruido. Permaneció un buen rato al acecho, por si su hermano volvía o se dejaba ver. Finalmente, cansada de esperar, descendió hasta el estanque, llenó el recipiente de agua y con él apoyado en una cadera subió de nuevo la escalera de Caco y entró en su casa. Su madre se distraía hilando lana y no dejaba de murmurar palabras incomprensibles. Clavaba la mirada en la pared y le temblaban las manos.
- Estás muy alterada, madre ¿Quieres que le pida algún remedio a Elia?
- No hay remedio para mi padecimiento, hija. Pero si, ve a buscar a la vieja Elia y cuéntale… Quizá pueda darte alguna hierba para tranquilizarme.
Fausta se echó un manto sobre los hombros y salió de nuevo. Esta vez tomó la dirección contraria: se dirigió a la cima del Palatino para, desde allí, descender hacia el valle del foro. Caminaba con paso rápido pues le preocupaba la salud de su madre y quería llegar cuanto antes a la cueva de Elia. Estaba ya cerca del terraplén por el cual se bajaba al valle, cuando volvió a ver a la figura de antes saliendo de la cabaña de Córito. Qué visión más extraña, pensó. No dio crédito a sus ojos ni sus impresiones y, sacudiendo la cabeza, continuó su camino.
Llegó enseguida a la cueva de Orison, penetró en ella y encontró a la anciana junto al fuego.
- Mi madre no está bien, sabia Elia - dijo a modo de saludo.
- En su lugar, ¿quién lo estaría? - respondió la vieja.
- Entonces ¿sabes cuáles son sus preocupaciones? ¿Por qué pasa tanta angustia por mis hermanos?- preguntó sentándose a su lado -. A mí no quiere decirme nada.
- Sus razones tendrá - dijo la anciana -. ¿Sabes algo de ellos?
- Rómulo estará de camino a Cenina. Remo sigue en el valle de Murcia.
- No me refería a dónde están… Ya veo que no estás al corriente. Mejor.
- ¿Acaso corren algún peligro? - preguntó con visible preocupación la muchacha - ¡Deberías decírmelo, quizá yo pueda serles de ayuda!
Elia se levantó sin responderle y se dirigió al fondo de la cueva, donde guardaba sus remedios. Permaneció un rato allí y finalmente regresó con un saquito de tela en la mano.
- Hazle a tu madre una infusión con estas hojas y que la tome tres veces al día. Cuatro o cinco hojas por taza, no más.
Le tendió las hierbas y la miró fijamente.
- En cuanto a ti, acepta un consejo: no hables de tus hermanos con nadie. ¡Con nadie!



- ¡Eh, Remo! - gritó Corito mientras descendía con torpeza hacia la Velia y agitaba al mismo tiempo las manos para llamar la atención del muchacho.
Llevaba un buen rato vigilando el camino desde la puerta de su cabaña, ubicada en la ladera del Palatino que miraba al valle del foro. Rondaba ya los treinta años, pero se comportaba como un niño de diez. Su carácter simple pero risueño e inclinado a ayudar a los demás hacían de él una persona querida en el Palatino, aunque no faltara quien se riera de él o le gastase bromas crueles.
Se detuvo Remo y con él los Fabios y los demás jóvenes iniciandos. Aprovecharon la pausa para sentarse al borde del camino y descansar de la carrera. Hacía frío, las nubes eran cada vez más negras y posiblemente llovería. Un día muy desagradable.
- Quiero hacer una carrera contigo - dijo Córito a Remo, apenas llegó junto a él -. Voy a ganarte.
Hubo una carcajada general. Nadie del Septimontium podría vencer a Remo en una carrera, menos todavía una persona tan torpe.
- ¿Acaso te has bebido el vino de todo el invierno? - exclamó Bruto Fabio.
- ¡Le ha picado un bicho y lo ha trastornado! - dijo a gritos su hermano Sexto. Y puesto en pie, le tocaba con la mano en distintas partes del cuerpo, mientras Córito se encogía riéndose a carcajadas - . ¡Te ha picado aquí! ¡O aquí! ¡No, no, detrás de la oreja!
Los demás muchachos seguían la broma y se reían tanto como él. Córito se dejó caer en el suelo y se cubrió tanto como pudo hasta que lo dejaron en paz.
- ¿Y por qué me desafías a una carrera? - preguntó Remo, una vez agotado el juego, poniéndole una mano sobre la espalda. El aludido se encogió de hombros y soltó una risita.
- ¡Remo no quiere correr conmigo! ¡No quiere correr conmigo porque va a perder..! - empezó a decir y él solo se retorcía de risa.
A Remo le hacía gracia la broma y, además, sentía estima por el hombre. Lo conocía desde la infancia. Su cabaña estaba cerca de la de su hermano Urco, y éste le encargaba muchas veces el cuidado de pequeñas piaras de cerdos y le proporcionaba comida.
- ¿Qué gano por correr contigo? - le preguntó.
- Nada - respondió Córito -. Te voy a ganar yo. ¡Y tendré como premio un manto nuevo!
- ¿Quién te ha hecho esa promesa? - se interesó Remo. Córito se llevó la mano a la boca de repente y se la tapó.
- ¡No te lo puedo decir! Es un secreto.
- ¡Lástima! No me gustan los secretos… - respondió Remo.
- ¡Que lo diga, que lo diga! - comenzaron a gritar los muchachos, alborotando mucho. Córito no quería oírlos y se cubría las orejas con las dos manos, pero al final, volvió a hablar.
- Te he dicho una mentira. El manto será para quien gane. Pero voy a ganar yo. Corres mucho porque mueves muy bien los brazos y yo no los sé mover igual. Por eso ganas siempre. Pero si no los pudieras mover, yo correría mucho más que tú. Entonces ganaría un manto nuevo.
Mientras se explicaba así, Córito se frotaba los brazos y las piernas, porque hacía frío. Remo lo contempló unos instantes y sintió compasión por él.
- ¿Me vas a decir quién ofrece el manto? y ¿cómo sabrá esa persona quién ha ganado?- insistió Remo.
- A ver si tiene razón Córito y todas tus preguntas son excusas para no medirte con él - dijo de pronto, en tono de burla, uno de los iniciandos de ese año.
Quien había hablado era un muchacho de la colina Velia, ese tal Calvo que galleaba mucho entre los suyos y arrastraba a cuatro o cinco jóvenes tras él. A Remo no le gustaban sus pretensiones, pero era primo de los Fabios y no quería problemas con sus amigos. De pronto, se sintió cansado. El año anterior había resultado divertido empezar la aventura de la iniciación fuera de su casa, pasar los días libres y sin obligaciones, buscar o robar comida, explorar otras zonas, no atenerse a norma alguna, ser el primero entre todos los muchachos de su edad. Pero después de un año se aburría de todo eso. Y se sentía profundamente humillado por no haber superado la iniciación. El sacerdote de Fauno se había cebado en él delante de todo el mundo. ¡Sólo le faltaba que lo humillara también un mocoso como el primo de los Fabios!
- Bien, estoy dispuesto a hacer la carrera - dijo -. Mis amigos y yo vamos a dar un bocado y esta tarde correremos. ¿Te parece bien, Córito?
- ¡ Sí, sí! - palmoteaba éste -. Pero no vale si vas a mover los brazos.
- No los moveré.
- Iremos hasta la fuente de Fauno y Pico. Así podremos beber agua después. ¡Estaremos muy cansados! - afirmó con toda seriedad Córito -. ¡Pronto tendré un manto nuevo!
Acordaron encontrarse en el altar de Consu dos horas después del mediodía. Córito ascendió dando saltos hacia su cabaña y los muchachos se dispersaron. Remo y los Fabios continuaron por el valle del foro para terminar de dar la vuelta al Palatino y llegar a su refugio. Todo el camino fueron bromeando sobre el desafío y sobre la extraña idea que tenía Córito acerca de sus propias facultades para correr.


NOTA: Éste ha sido el capítulo 4º de esta segunda parte de la historia de los gemelos Remo y Rómulo. ¡Espero que os haya gustado!

lunes, junio 10, 2013

BUENAS NOTICIAS




De la liberta Lálage a su amiga Elia.

Tendrás que ir sin mí al mercado de perlas, Elia. ¡No me protestes, por favor! Bastante tengo con oír a mi ama Claudia Hortensia, que además me ha prohibido salir de casa hoy. Dice que me necesita. Uno de sus libreros preferidos le ha propuesto dar a conocer unos antiguos documentos que, al parecer, recopiló su bisabuela Hortensia hace unos años. ¡No sé a qué viene ahora tanto interés por recordar la historia del poeta Catulo y su musa, la famosa Lesbia! Mejor dicho, sí lo sé. Hace varios días se le murió su pajarito y recordó los versos del poeta. Se puso muy melancólica, hurgó en los estantes de la biblioteca hasta dar con esos rollos de su antepasada y se puso a leer y a llorar. ¡Ay, temo que mi ama haya perdido el rumbo!
Ahora me tiene todo el día copiando aquellos rollos para llevárselos al librero. ¡Y yo sin poder salir a comprarme esos pendientes tan bonitos! Dile a Póstumo que me los guarde, que iré a por ellos tan pronto como me sea posible. En mis orejas lucirán mucho mejor que en su tienda.

NOTA 1: Querid@s amig@s, es un placer anunciaros que en breve se publicará mi novela corta “LA MUCHACHA DE CATULO”. Os pongo AQUÍ el enlace al poema del pajarillo al que se refiere Lálage.

NOTA 2: Mañana habrá un acto de presentación de mi novela “DIDO REINA DE CARTAGO” en el Cabanyal. Aquí os dejo la invitación por si a alguien le apetece pasar un buen rato escuchando a Josep Asensi y a una servidora. Será a las 19,30 horas, en la c/ de la Reina, nº 82 de Valencia.


jueves, junio 06, 2013

HACIA LA CIUDAD DE CENINA


 


  Flora había visto desde lejos a Remo y se alegraba al pensar que lo tendría cerca durante un año más, correteando por el Palatino. Creía que su padre había empezado ya a olvidar las ofensas del muchacho. Sin embargo, está muy equivocada: Caius tenía un plan para capturar a Remo y pensaba hacerlo esa misma tarde.




En la cabaña del rey Acrón de Cenina había mucho bullicio esa mañana. Donde hay jóvenes siempre brota la alegría, aun en los días más tristes. Cuando se es adolescente, ¿qué importancia puede tener el mal tiempo? Al contrario, conviene aprovecharlo al máximo, disfrutar de cuanto pueda ofrecernos la vida pues no sabemos ni cuál será su duración ni si nos traerá más penas que satisfacciones o al revés. Pero seguramente ni siquiera en eso pensaban las muchachas: su alegría brotaba espontánea, porque sí, como el agua de los manantiales. Además, les quedaba ya poco tiempo de estar juntas. Hersilia y Emilia, sobrinas del rey, partirían al día siguiente hacia Alba Longa. Su prima Artemis, en cambio, se quedaría en Cenina. Muy disgustada. Ese otoño su salud se había resentido y, aun cuando había recibido también la invitación para ir a Alba Longa, sus padres no le permitían marcharse.
- ¿Creéis que la tía Licinia me volverá a invitar más adelante? - preguntó Artemis a sus primas.
- Estoy segura - respondió Hersilia -. Además, nosotras reclamaremos tu presencia en Alba Longa para cuando se celebre la fiesta de Júpiter Latiaris.
- Eso si para entonces no hemos debido regresar a nuestra casa - puntualizó Emilia.
- ¡No creo que madre sea tan cruel de hacernos volver a Cures justo cuando empiece la primavera! - respondió con viveza Hersilia -. Me han dicho que es una fiesta increíblemente hermosa. Se celebran muchas bodas y acuden jóvenes de todas las ciudades latinas.
- Tu estás prometida al rey Tito Tacio - se apresuró a declarar su hermana -. No puedes fijarte en otros hombres.
- ¿Y quién te ha dicho que me fijaré?
- ¡No conozco a nadie a quien interesen menos los muchachos que a Hersilia! - declaró Artemis mientras le lanzaba a la aludida una mirada pícara y disimulaba una sonrisa. Y bajando la voz como para hacerle una confidencia a Emilia, añadió -: Tengo entendido, además, que los latinos desconfían de los cabellos rojos en general y más todavía si adornan la cabeza de una mujer. ¡Cuando vean encendida como las ascuas la cabellera de Hersilia, todos los jóvenes casaderos saldrán huyendo! Puedes dormir en paz, Emilia, no te será necesario vigilar a tu hermana.
Emilia era la más pequeña de las tres. Estaba a punto de cumplir los trece años, en tanto su hermana y su prima Artemis contaban ya catorce. Muy formal para su edad, era una joven seria y responsable. Amaba atenerse en todo a las normas, a la ley, y no podía decirse de ella que hubiera transgredido alguna. Había hecho sus travesuras, claro está, pero difícilmente se hubiera podido encontrar a otra muchacha de su edad tan consciente y respetuosa de sus obligaciones. Y el mismo celo que mostraba en cumplirlas ella misma, lo aplicaba a los demás. Por eso a su prima Artemis le gustaba gastarle pequeñas bromas como esa, siempre afectuosas.
En cambio Hersilia, bajo su apariencia de formalidad ocultaba un acusado sentido del humor, una curiosidad sin límites y muchas inquietudes. Tenía ideas propias respecto a casi todo. También acerca de su compromiso de matrimonio con el rey Tito Tacio de Cures. Dudaba del cumplimiento de esa promesa. Tenía buenas razones para hacerlo, pues la muerte de su padre, dos años antes, había cambiado sustancialmente la situación.
Su padre y el anterior rey de Cures eran hermanos y estaban muy bien avenidos. Cuando tuvieron descendencia, una niña y un varón respectivamente, acordaron unirlos en matrimonio, pues con ello reforzaban su alianza y su poder entre la aristocracia sabina; un acuerdo de destacada trascendencia por el hecho de ser Cures la ciudad más importante del pueblo sabino. Así, Hersilia y Tito habían crecido sabiéndose destinados a ser esposos. No se llevaban bien. Si al principio sus disputas podían atribuirse a su corta edad y a los caprichos propios de la infancia, más tarde no cabía esa justificación. Sencillamente no se gustaban. Tito era demasiado orgulloso y Hersilia estaba lejos de ser sumisa.
La muerte prematura de su padre había convertido a Tito en rey de Cures siendo aún muy joven. Durante sus primeros años de reinado, el consejo y la protección de su tío habían sido determinantes para consolidarlo en el trono. El anciano gozaba de gran prestigio y autoridad dentro y fuera de Cures y, por otra parte, el futuro matrimonio de su hija Hersilia con el joven rey aseguraba una alianza duradera. También apartaba el peligro de un enfrentamiento entre tío y sobrino por el poder. Sin embargo, aquellos planes se habían trastocado.
- Muerto mi padre ¿qué valor tengo yo para Tito? - le había dicho Hersilia a su prima Artemis en un momento en que ambas, a solas, se habían hecho confidencias -. Hay varias muchachas casaderas cuyos padres siguen vivos, cuentan con hijos varones, numerosos criados y armas para ayudar al rey si hiciera falta. Ellos mismos están dispuestos a guerrerar, a dirigir hombres. En cambio yo…
- No creo que el rey Tito rompa su promesa - repitió Artemis.
- No lo sé. A veces lo deseo…
- ¿Tan antipático es? ¿Tan poco agraciado?
- Es un muchacho bien parecido y fuerte. Tiene carácter, autoridad. Quizá demasiada. Pretende imponerse en todo y rara vez me escucha. Es así desde pequeño.
- Son buenas cualidades para un rey - consideró Artemis.
- Sí, pero resultan poco agradables en un marido. ¿Me creerás si te digo que no lo estimo y que él tampoco me aprecia a mí?
- ¡De eso no puedes estar segura! Eres una persona adorable.
- Pocas veces estamos de acuerdo él y yo. Mira en qué situación me encuentro, Artemis - confesó con cierto desaliento Hersilia -: casarme con él me desagrada; no consigo hacerme a la idea de convivir con él, tener hijos suyos. Pero también me humillaría el ser rechazada. ¿Quién querría casarse entonces conmigo?
- No pienses en un rechazo - dijo Artemis -. ¿Que me dices de los parientes de tu madre? Mi padre estaría siempre del lado tuyo y también es rey, aunque Cenina no sea una ciudad tan importante como Cures. Y lo mismo puede decirse de la tía Licinia. Su marido es un hombre importante en Alba Longa y nuestra prima Adriana es la Vestal Máxima. ¡Tendrías muchos apoyos fuera y dentro de la Sabinia!
- ¡Y eso precisamente me espanta, Artemis! ¿Habré de casarme a disgusto para no disgustarlos a ellos? ¿Si Tito rehusa cumplir su palabra, habrá un conflicto por mi culpa? ¡Ay, prima! Mi cabeza es como una madeja de lana en manos de un niño pequeño: se ha convertido en un enredo imposible de aclarar.
Artemis abrazó a su prima y se dolió con ella de una situación tan poco placentera. Varias veces más hablaron de ese asunto. Hersilia le aseguró que en la cabaña real de Cures se guardaba un silencio total respecto al compromiso, lo cual la tranquilizaba por una parte y la inquietaba por otra. Tito pronto cumpliría dieciséis años y se habría de casar: el primer deber de un rey es engendrar herederos.
La repentina enfermedad de un anciano pariente había venido en ayuda de la joven, aun cuando fuera impiadoso pensarlo. Careciendo el enfermo de esposa y de descendientes, la propia madre de Hersilia, compadeciéndose de él, había decidido encargarse personalmente de su cuidado. Para no exponer a sus propias hijas a los peligros de un contagio ni tampoco abandonarlas en su casa al cuidado de sus siervos, había pedido ayuda a su hermana Licinia. Ésta había respondido enseguida invitando a sus sobrinas a Alba Longa, donde ella residía, y extendiendo la invitación a su otra sobrina, Artemis, hija de su hermano el rey de Cenina. Cambiar durante unos meses de ciudad y apartarse del problema inminente del compromiso matrimonial, era un inmenso alivio para Hersilia.
Ese día, tras haber permanecido más de un mes como invitadas de su tío el rey Acrón, sería el último que Hersilia y Emilia pasarían en Cenina. A la mañana siguiente, primera jornada del invierno, partirían para Alba Longa donde las esperaba su tía Licinia.


Los hermanos Gordio y Publio Quintili habían abandonado su cabaña del Palatino muy temprano y, llegados al pie de la colina del Capitolio, tomaron la vía Salaria y ascendieron por las pendientes de la colina del Quirinal. Alcanzada la cumbre, vieron a lo lejos el tejado de paja del santuario de Quirino y, al poco, a su amigo Rómulo que, acompañado por la inseparable Bona y procedente del extremo contrario de la vía. Se dirigía también hacia la puerta del santuario, donde habían acordado encontrarse para partir juntos hacia Cenina. Desde la distancia se observaron los muchachos mutuamente y valoraron con atención su aspecto: los escudos colgados con tiras de cuero a sus espaldas y las lanzas cruzadas en diagonal con las puntas asomando por encima de sus cabezas, les otorgaba una especie de aura. Sujetos a un cinturón ceñido sobre el manto de cuero, brillaban los cuchillos. Pese a empuñar sus cayados y a llevar los zurrones en bandolera, no parecían pastores, sino guerreros. Esa percepción los llenó de orgullo.
La alegría de los tres al reunirse fue inmensa, como si en lugar de unos días llevaran años sin verse. Se felicitaron unos a otros por su buena apariencia e intercambiaron noticias de los amigos.Bona daba saltos a su alrededor.
- ¿Habéis visto a Remo? ¿Sabéis algo de él? - preguntó enseguida Rómulo.
- Sabemos que los del Aventino no han hecho aun ninguna reclamación por los pastores muertos - dijo Gordio -. Tu padre está intranquilo.
- ¿Y Remo?
- ¿No lo conoces? - respondió Publio -. Según sabemos, pasa los días en el valle de Murcia y no parece preocupado. De momento no se ha acercado al Aventino, aunque es cuestión de tiempo…
- Ojala no se vuelva a acercar nunca, al menos mientras no se resuelva el litigio con Caius.
Tras estas palabras Rómulo sacudió la cabeza para apartar los pensamientos tristes. Cuando al día siguiente terminasen los ritos en honor de Angerona, pensaba regresar con sus amigos al Palatino para visitar a su familia antes de volver a la cabaña de la vía Salaria. Buscaría a Remo y charlaría con él, aún temiendo no ser bien recibido. No había vuelto a verlo desde que el sacerdote de Fauno se negó a aceptarlo en la comunidad de los adultos. Ojala no estuviera enfadado con él.
Ofrendaron a Quirino una copa de vino ante la puerta de su santuario, en cuyo interior, apenas seis días antes, habían depositado sus bullas infantiles. Ahora le pedían al dios protección antes de abandonar el Septimontium y el territorio latino para adentrarse en tierra sabina. Concluida la ofrenda y una invocación, los tres jóvenes se pusieron en camino.
Por delante mismo de la puerta de aquel lugar sacro pasaba una antiquísima senda: cruzaba las alturas del Quirinal, se hundía luego en un estrecho valle, remontaba entonces las cuestas del Viminal y, tras un nuevo descenso, alcanzaba la cima del Cisipo. Desde allí, cerca de donde hoy se encuentra el huerto de Mecenas y la puerta Esquilina de nuestra muralla, continuaba el camino en dirección a la ciudad de Colacia. En aquellos tiempos arcaicos el sendero atravesaba campos abiertos e incultos, poblados de matorrales y salpicados de bosquecillos de robles. Hoy el agreste camino se ha convertido en la vía Collatina y, como entonces, pasa por las proximidades de la ciudad de Cenina. Y os lo digo pues ésta ciudad ya no existe y pocos romanos recuerdan dónde estaba.
- Es temprano y disponemos de tiempo - dijo de pronto Gordio, mientras caminaban a buen paso - ¿Qué os parece si, en vez de ir como todos los demás por el camino, nos desviamos y acudimos a Cenina bordeando las orillas del Anio? Esta época lleva mucha agua.
- Buena idea. En realidad, no es preciso llegar antes de media tarde a la ciudad - respondió con entusiasmo su hermano Publio.
- Podríamos explorar las riberas - apuntó Rómulo con una sonrisa resplandeciente -. Hace dos días fui con mi hermano Urco al punto donde se cruza con la vía Salaria y arrastraba bastante caudal.
Decidieron pues llevar adelante la propuesta de Gordio. Retrasarían así su encuentro con otras personas del Septimontium, incluidos sus propios parientes, y ese viaje a Cenina resultaría aún más emocionante. Aquel río tributaba sus aguas al Tíber y en su recorrido trazaba sinuosidades, formaba recovecos y escondía peligros. Sí, muchos peligros. No en vano el río debía su nombre al rey Anio, quien se había ahogado en sus aguas tratando de rescatar a su hija, raptada por un bandido.

NOTA 1: Queridos amigos: este ha sido el capítulo 3 de la segunda parte. Quizá  os haya parecido que tiene un cambio brusco con respecto al anterior. ¡Tendréis que acostumbraros, porque ahora que los gemelos están separados el uno del otro, tendré que combinar escenarios distintos: el área de las riberas del Tíber y, de momento, la ciudad de Cenina. 
NOTA 2: no creáis que me dedico solo a Roma... Ja, ja. Aquí van las portadas de los dos cuentos infantiles de la Editorial Everest para los niños amantes del Valencia Club de Fútbol. ¡No hay nada como practicar deporte y hacerse aficionado desde la infancia!

lunes, junio 03, 2013

AIRES DE TRAICIÓN




Rómulo se preparaba para acudir a Cenina a celebrar un sacrificio a la diosa Angerona el día 21 de diciembre, solsticio de invierno. Mientras, en el Palatino su madre Acca Larentia se lamentaba de que su hijo Remo no hubiera sido aceptado entre los adultos y siguiera en las laderas de la colina, al alcance de la venganza de los pastores del Aventino.

Desde el bosquecillo de laureles próximo a su cabaña, en el Aventino, Flora vio correr a lo lejos a Remo. Entre un millar de hombres lo hubiera reconocido. La elasticidad y armonía de sus movimientos, su ritmo constante y la aparente falta de esfuerzo lo singularizaban por encima de todos. Siempre iba el primero, radiante de luz, aun en los días más grises. ¡Cuánto deseaba tenerlo cerca, hablar con él, mirarse en sus ojos! Por un instante la inundó una profunda tristeza. No habían vuelto a verse desde el fatídico día en que Remo había dejado, junto al umbral de su cabaña, un montón de sal. Le parecía una eternidad, aunque sólo hubieran transcurrido diez días.
Durante ese tiempo su corazón, como el hilo en el telar, pasaba de un extremo a otro y tan pronto se entristecía como se alegraba según sus razonamientos le llevaran alternativamente a derecha e izquierda. El matrimonio con Remo era imposible; sin embargo, su padre podría ver en él una alianza ventajosa pues ¿no era hijo de Fáustulo, uno de los hombres más importantes del Septimontium e incluso de las riberas del Tíber?; no, no, su padre nunca perdonaría a Remo el habérsele enfrentado y matado a hombres suyos; pero había demostrado ser muy valiente y buen guerrero, fuerte como un buey, con un yerno así, su padre podría dormir tranquilo; pero ¿y si, después de lo ocurrido, él ya no quería casarse con ella? Al llegar a ese punto, las lágrimas acudían a sus ojos. Hacía esfuerzos para contenerlas mas no siempre lo conseguía. Amaba a ese muchacho por encima de todo, no imaginaba su futuro sin él. Remo tenía la hermosura de un dios, generaría hijos bellos y sanos, y esos hijos quería gestarlos ella en su vientre.
Se había disgustado mucho al saber lo sucedido en la fiesta Lupercalia; le dolía la humillación sufrida por Remo al no ser admitido en la sociedad de los adultos. Luego le encontró ventajas: seguiría durante otro año cerca de ella, en las laderas del Palatino, libre de obligaciones y trabajos y, por tanto, podrían encontrarse con frecuencia. Con ello, además, ganaban tiempo. Tarde o temprano a su padre se le olvidarían los agravios. Podía ocurrir, incluso, que hubiera empezado a olvidarlos ya, pues mientras escuchaban a un pastor del Palatino narrarles las hazañas de Remo en la fiesta de los lupercos su padre, lejos de enfurruñarse como hacía cuando algo lo contrariaba, había dado muestras de cierta satisfacción. Hasta le había levantado a ella la prohibición de salir de casa.
Flora suspiró. Vio a Remo girar a la altura del ara de Consus y meterse en el valle entre el Palatino y el Celio, seguido de lejos por varios jóvenes, pues siempre los aventajaba a todos. Pronto lo perdió de vista.
Ojala su padre le permitiera volver a la fuente de Fauno y Pico, donde Remo y ella solían encontrarse. Cerraba los ojos y con un dulce escalofrío imaginaba de nuevo su presencia y su aliento cálido, su voz renovándole las promesas de amor junto al oído. Le turbaba pensar en su proximidad, en su atracción poderosa, en los jugosos labios de Remo apretándose contra los suyos.
 


 Caius miró fijamente a su interlocutor. Estaban en el pobre refugio donde pernoctaban sus pastores cuando venían al mercado. Él mismo había encendido el fuego al llegar allí un poco antes, pero seguía estando helado. Demasiadas rendijas y ninguna piel para taparlas y transmitir algún calor. Se frotó las manos y tendió las palmas hacia la hoguera mientras observaba al muchacho sentado enfrente, al otro lado de la hoguera. Desconfiaba. ¿Por qué razón un joven del Palatino habría de ayudarlo? Menos todavía tratándose de Hortensio, el prometido de una hija de Faústulo. ¿No sería una trampa?
- Fáustulo se ha marchado ya hacia Cenina. En la cima del Palatino no queda hoy ni un hombre - dijo el joven.
- Bien - respondió Caius tras unos momentos de silencio -. De todos modos…
- ¿Desconfías?
- Ese muchacho es una fiera. Y de las fieras no te puedes fiar nunca - respondió el mayoral de Númitor, sin dejar entrever que también su interlocutor le suscitaba recelos.
- Yo diría que Remo es un animal doméstico. Fuerte, sí, pero fácil de manejar. ¿Acaso no has visto a los labriegos uncir los bueyes al yugo, pese a su cornamenta?
- No me parece un buey, sino un toro. Sabe usar los cuernos. En otro caso, no habría matado a varios de mis hombres ¿no te parece? - dijo Caius sin poder evitar cierta amargura.
- Eso es verdad - reconoció el joven -. Pero no temas, estará indefenso antes de caer en tus manos.
Caius añadió un tronco a la hoguera y, moviéndolo con una vara, lo acomodó sobre los anteriores. Saltaron chispas en todas direcciones y se acentuó el fulgor rojizo del hogar. Los rostros de los dos hombres quedaban en sombras.
- ¿Qué sacas tú de todo esto? - preguntó por fin Caius.
- Lo mismo que tú: quitar de en medio a un indeseable. Remo no me gusta. El Palatino y todo el Septimontium estarán mucho mejor sin él.
- ¿No temes que te descubran?
- Salvo que tú mismo me delates, lo veo imposible - respondió Hortensio -. He sido muy discreto, nadie me ha visto venir aquí. Y si me descubrieran, sabría defenderme.
De nuevo el refugio quedó en silencio, sólo se oía el crepitar del fuego y el soplo del viento entre la paja del tejado. El mayoral de Númitor dudaba. Ardía en deseos de vengarse de Remo, no pensaba en otra cosa desde hacía muchos días. Le resultaba insoportable que ese muchacho se hubiera atrevido a acercarse a su hija y por esa causa había lanzado a sus pastores contra él y su hermano gemelo provocando la pelea en el valle de Murcia. Todos los criados del rey Amulio eran enemigos suyos, como Amulio era enemigo de su señor, el noble Númitor. Por eso, para evitar mezclarse con ellos, Caius había mantenido a sus hombres al oeste del valle de Murcia durante muchos años. Sin embargo, el atrevimiento de Remo y los últimos acontecimientos hacían hervir su pecho de rencor e indignación.
Días atrás, el futuro yerno de Faústulo le había propuesto un plan para capturar a Remo. Quizá lo odiaba también por algún motivo. Era una idea acertada y fácil de ejecutar. Si ahora tenía dudas era porque su instinto le avisaba de un peligro, de una amenaza indeterminada pero cierta. O quizá era solamente efecto de la proximidad del solsticio de invierno, de esos días tan angustiosos durante los cuales la luz parecía a punto de apagarse para siempre y sumirlos en una oscuridad sin fin.
- Por mi parte estoy dispuesto a actuar - dijo Hotensio interrumpiendo sus reflexiones -. Si no quieres hacerlo, dílo abiertamente. Hay otras personas a quienes les gustaría tanto como a ti darle un escarmiento a Remo, quitarlo de en medio…
- Está bien - respondió Caius temiendo perder su oportunidad -. Tendré a mis hombres preparados, tal como me dijiste. Tres horas después del mediodía. ¡No me falles!
- Por el padre Fauno te aseguro que no te fallaré.


- ¿Está tu padre en casa?
Flora se volvió con un sobresalto al escuchar la voz. Había permanecido mirando al valle por donde acababa de desaparecer a la carrera Remo. Sumida en sus ensoñaciones no había oído acercarse al viejo Quinto, cuyos pasos no producían ruido sobre la tierra húmeda. Era anciano, no pesaba mucho y caminaba con lentitud. A Flora le extrañó verlo tan temprano y con tanto frío, aunque se arrebujaba en un manto de piel de oveja.
- Ha salido. Pero ven a esperarlo dentro de la cabaña, mi madre te dará algo caliente.
- ¿Tanto lo quieres? A ese muchacho, Remo - dijo Quinto sin responder al ofrecimiento -. Hace un momento tu cara estaba tan radiante como un día de primavera.
Flora bajó la vista, avergonzada. No había hablado con nadie de su amor por Remo. ¿Sería tan evidente?
- Si.
- Es comprensible - añadió Quinto -. Lo he visto por el valle desde niño, a él y a su hermano gemelo. Tienen algo especial. Una vez se escaparon del alcance de su madre y vinieron corriendo hacia el Aventino. Yo estaba recogiendo miel de los panales de Númitor y levanté un momento la cabeza. Entonces vi un águila abatirse sobre uno de ellos. De no haber sido por mí, que eché a correr enseguida para espantar al águila, y por los gritos de su madre, lo habría cogido con sus garras y habría servido de alimento a sus polluelos. No puedo decir qué significa, pero tiene un significado. Para lo bueno o para lo malo, los gemelos, todos los gemelos, están relacionados con los dioses.
- Su belleza es divina. - dijo la muchacha -. Lo he pensado muchas veces.
Asintió el viejo Quinto. Luego empezó a caminar hacia la cabaña de Caius y Flora se colocó al lado suyo.
- Fíjate en el dios Fauno - dijo el anciano de pronto -. Cuida de nuestros rebaños y los hace crecer; sin embargo también vuelve locos a quienes se duermen a mediodía debajo de un ciprés. Ampara a los pastores, mas a veces se divierte enviándoles horribles pesadillas o los castiga con severidad si han entrado en sus pastos sin pedirle permiso. ¿No te has preguntado nunca por qué brindamos a los dioses sacrificios y ofrendas para propiciarlos en favor nuestro?
Negó Flora moviendo la cabeza. Nunca había pensado en tal cosa, cumplía sus obligaciones siguiendo la costumbre y las enseñanzas de sus progenitores. Quinto se detuvo un momento y se miró los pies antes de volverse hacia la muchacha.
- En la naturaleza de las divinidades se encuentra el bien y el mal. No conviene olvidarlo.


Al regresar a su casa, Caius encontró a Quinto esperándolo. El anciano había entretenido el tiempo observando el trabajo de las mujeres y escuchándolas, porque él hablaba poco. Aceptó un poco de caldo y lo bebió en compañía de Caius, sentados ambos junto al hogar. Luego, se levantó trabajosamente y se despidió de Flora y su madre agradeciéndoles sus atenciones. Estaba cansado y quería volver a su cabaña. Caius se brindó a acompañarlo y a cargar con un saco mediano de grano de espelta, obsequio de su mujer al viejo pastor.
Cuando salieron, el cielo se había oscurecido más, el viento, sin ser muy frío, penetraba a través de las ropas y los laureles del camino se agitaban inquietos.
- Al amanecer un cuervo ha volado de oeste a este sobre tu cabaña - dijo Quinto a Caius, quien caminaba acompasando su paso al del anciano -. Ha completado un círculo por el aire y ha vuelto a pasar dos veces más. Luego, durante unos instantes, ha dejado de sonar el río. Son dos presagios y ninguno de ellos favorable.
Caius no respondió nada. La visita inesperada de Quinto le había hecho sospechar que quería hablar con él a solas. Sin embargo, lo inesperado de esas palabras le hacían mella. ¿Tendrían relación esos presagios con sus propias dudas? Caminó un rato en silencio. Apretó los dientes.
- Esta tarde me vengaré del hijo de Fáustulo - dijo al fin.
- No lo hagas.
- ¿Cómo quedaría mi honor delante de mis hombres, delante de nuestro propio amo Númitor, si un rapazuelo mata a cuatro de nuestros pastores y no soy capaz de vengarlos?
- Él solo no mató a nuestros compañeros. Participaron otros muchachos e incluso algunos pastores del Palatino. ¿Por qué te has negado a negociar un arreglo con Fáustulo, como te aconsejé? Ellos son más fuertes. Te enfrentas a muchos peligros sin necesidad.
- Tengo una buena ocasión. Hoy Remo no contará con la ayuda de los suyos, porque han ido todos a Cenina. En todo caso, estarán sus compañeros de iniciación, pero la mayoría acaban de empezar hace unos días, carecen de experiencia. No puede salirme mal.
- Cuando un hombre quiere perderse, encuentra mil caminos para ello.
- ¡Debo hacerlo, te lo he dicho!
- Un viejo inútil como yo no puede impedírtelo. Pero por nuestra antigua amistad y por el afecto que me unía a tu padre, hazme al menos una promesa.
- Dí cual.
- No le harás daño al muchacho.
- Eso es imposible - le cortó Caius.
- ¡Déjame hablar! Llévalo a Alba Longa, a presencia de nuestro amo Númitor, y explícale con detalle lo ocurrido - insistió Quinto, sin poder disimular cierto temblor en la voz -. Debe ser él quien decida cómo afrontar este asunto y quien aplique a Remo el castigo que considere adecuado. Tu obligación como mayoral y como buen siervo suyo llega hasta ahí: entregarle a uno de los culpables.
Caminaron un rato en silencio, hasta que volvió a romperlo el viejo Quinto.
- Para hacer una torta es preciso mezclar agua y harina. En cambio, el deber y los sentimientos propios no deben mezclarse jamás, porque no ligan entre sí y el resultado suele ser un error. Y al error le siguen sus funestas consecuencias.
Caius mantuvo un hosco mutismo. Cuando llegaron a la puerta de la cabaña de Quinto, el mayoral de Númitor se descargó del hombro el saco de grano y lo depositó en el suelo, junto al umbral. Ambos hombres se miraron un instante. Luego Caius volvió la espalda y se alejó con paso apresurado.


NOTA: Este ha sido el segundo capítulo de la 2ª parte de la historia de Remo y Rómulo.  Todas las fotos son mías.

miércoles, mayo 29, 2013

TIEMPOS DE CODICIA



 
De Popilia a su nieta Lucila. Salud.

Me he despertado esta mañana con un nudo en la garganta, querida mía. Quizá sea por mi edad, o porque cada año, en esta fecha, cuando los hermanos Arvales celebran la segunda jornada de ceremonias en el bosque sacro de la Diosa Dia,  mi madre me recordaba la importancia del antiquísimo culto de las ollas. ¡Ay, en los tiempos pasados, cuando el padre Rómulo instituyó la fraternidad de los Arvales, se daba mucha importancia a las ollas!  Eran grandes recipientes de barro, instalados en el templo, donde se guardaban las semillas destinadas a sembrar los campos el año siguiente. Todos los ciudadanos debían aportar semillas, quienes más y quienes menos, según la abundancia o escasez de la cosecha de cada uno. Mas cuando a los pocos meses llegaba el momento de la siembra, las semillas se repartían a todos por igual.

¡Mira si es antigua la costumbre de reunir grano entre todos, cada cual según los resultados obtenidos, y repartir igualitariamente después!  A veces, querida niña, creo que se han perdido esos principios a través de los cuales los habitantes de una ciudad dejaban de ser individuos para convertirse en una comunidad. ¿Qué vemos ahora? Aunque se celebren como siempre las ceremonias y se multipliquen las reuniones y los banquetes sacros, unos cuantos rehúyen hábilmente el aportar a la olla el grano que les corresponde en proporción a sus cosechas y, en cambio, cuando llega la hora de repartir, se llevan la parte más abundante, a costa de los honestos ciudadanos.

¡Qué tiempos de codicia y de ambición desmesurada nos ha tocado vivir!


NOTA : El 29 de mayo se celebraba la segunda jornada de los tres días que duraba la fiesta Ambarvalia, en honor de la Diosa Dia, asimilada más tarde a la diosa Ceres.  Se trataba de purificar los campos y protegerlos de todos los males, así como “las ollas” o grandes recipientes de barro donde se conservaban las semillas destinadas a la siembra. Según la tradición, el colegio de los hermanos Arvales (compuesto por 12 sacerdotes) fue fundado por Rómulo. El templo y el bosque sagrado de la Diosa Día se hallaba en la vía Campana (en la margen derecha del Tíber) a cinco millas de Roma.

*La foto la he sacado de internet. Es un sacerdote Arval y se conserva en el Museo del Louvre.

lunes, mayo 27, 2013

LLEGA EL SOLSTICIO DE INVIERNO


 

 En la fiesta de los lupercos, con la que terminó la primera parte de la historia de Remo y Rómulo, los gemelos quedaron separados: Remo no fue admitido como adulto y se quedó como iniciando en las faldas del Palatino. Rómulo, que sí ingresó en la sociedad de los adultos, se fue con su hermano Urco a la cabaña de la vía Salaria para apartarse de los pastores del Aventino, seguramente ansiosos de venganza.


 De todos los días del año, el más angustioso, peligroso y triste es el 21 de diciembre, solsticio de invierno. En esa fecha, como muy bien sabéis, el sol parece estar a punto de ser derrotado por las sombras: su luz es pálida y breve en tanto la oscuridad de la noche se hace interminable, densa, cerrada, como dispuesta a impedir al sol volver a imperar sobre la tierra. Están los campos apagados y mustios, los árboles reducidos a la desnudez, animales y seres humanos constreñidos a permanecer al resguardo de sus madrigueras o sus cobijos, las aguas quietas apresadas por una capa de hielo. ¿Quién no ha sentido alguna vez la angustia de esos días, la sensación de estar aplastado por la pesadumbre, atormentado por el temor, casi inevitable, de no ver nunca más amanecer?
Quien nos ayuda a transitar con bien por la noche más larga del año es la diosa Angerona. A ella nos acogemos con súplicas y sacrificios en su altar de la capilla de Volupia, en la misma esquina en la cual las raíces del Palatino abandonan el Velabro para mirar al Foro. La imagen de Angerona permanece con la boca vendada y un dedo puesto sobre ella para imponer silencio. Mas no es el mutismo de la muerte, como algunos parecen creer, o una admonición a las mujeres ordenándoles mesura para evitar palabras banales o dañosas. La diosa nos invita a un silencio potentísimo en el cual el pensamiento, la voluntad, la palabra no dicha, se concentran y generan una inmensa energía capaz de salvar al sol del peligro de ser vencido por las tinieblas.
En la remota época de la cual hablamos no existía el altar donde ahora veneramos a la diosa. ¿Qué hacían entonces los habitantes del Septimontium para conjurar un peligro tan inmenso? No lo sabemos con certeza. Las noticias más antiguas cuentan que Rómulo fue a Cenina, con otros muchachos y personas importantes del Septimontiun, para ofrecer un sacrificio en beneficio de la comunidad. Ni siquiera Urbano Lacio aclara a qué divinidad o con qué finalidad concreta se realizaba el sacrificio. Mas yo, por mi parte, me pregunto: ¿por qué razón nuestros ancestros habrían de hacer el sacrificio en una ciudad perteneciente a los sabinos y no en cualquier otro lugar dentro del territorio latino? Y, por otro lado, ¿qué otro rito más importante podrían hacer los jóvenes recién incorporados a la vida adulta, que suplicar y propiciar a la diosa Angerona en esa noche fatídica? Si en Cenina, como sospecho, contaban con un altar dedicado a esa diosa, no sería extraño que la juventud de varios pueblos y lugares se concentrara en torno a él para honrarla y, con el esfuerzo aunado de todos, alcanzar el prodigio del triunfo solar.
Amaneció pues aquel 21 de diciembre iluminando un cielo ceniciento sobre las riberas del Tíber y los amplios territorios a su alrededor. Para Rómulo, sus amigos Quintili y los demás muchachos que habían superado la iniciación era una jornada inquietante y gozosa a la vez: inquietante por la gran responsabilidad que recaía sobre ellos; gozosa por ser el primer acto en el cual oficiarían ellos mismos un sacrificio en representación de su comunidad. Así se veía refrendada su capacidad para ejercer como sacerdotes, intermediarios ante las divinidades. Ese estado de turbación y gozo había sido común a muchas generaciones de habitantes de aquellos parajes. Ese año, sin embargo, quedaría grabado en la memoria de muchas personas, pues justo el día del solsticio de invierno se precipitarían los acontecimientos cuyo curso daría lugar a un cambio radical en muchas vidas. Habría un antes y un después, quedaría signado un hito indeleble en nuestro devenir.


Las primeras luces del alba dibujaron el perfil de la cabaña de la vía Salaria donde se desperezaba Rómulo. Su interior era muy confortable pues aunque no la utilizaran de manera permanente, estaba ocupada la mayor parte del año. Allí se alojaban Fáustulo, Urco o las personas por ellos enviadas para supervisar los rebaños del rey Amulio que pastaban en las llanuras al norte del Septimontium. Bien equipada y mantenida, sin ser grande resultaba cómoda y agradable. Rómulo había encontrado en ella y en su hermano Urco un buen refugio donde asimilar los últimos acontecimientos. La soledad y tranquila belleza de aquellos parajes contrastaban con la agitación y nerviosismo de sus últimos días como iniciando; por otra parte, las conversaciones con su hermano le habían dado serenidad y orientación para reflexionar sobre lo sucedido.
El día de la fiesta Lupercalia Rómulo había recibido un doble golpe: el desprecio manifestado hacia él por su hermano Remo, al dejarle sin la carne del banquete, lo había herido profundamente; no se creía merecedor de una humillación semejante. Más difícil le resultaba aceptar que su hermano por quien sentía, además de afecto, una admiración sin límites, no hubiera concluido su iniciación, rechazado por el sacerdote de Fauno. ¿No era la persona más fuerte, más valiente, más hábil en la carrera, en la lucha, en el manejo de las armas?
Con paciencia y buenos argumentos le había hecho comprender Urco la insuficiencia de esas virtudes para quien ha de vivir en sociedad con otros seres humanos. El valor es necesario, sí, pero ha de estar al servicio de una causa noble; lo mismo cabe decirse de la fuerza, pues si su uso no está presidido por un sentido de la justicia, ¿en qué se diferenciaría una buena persona de un malhechor? También los bueyes y los lobos son fuertes, pero ¿acaso esperamos de un hombre que se comporte como esas bestias?
Durante las largas veladas junto al fuego, obligadas por la brevedad de la luz diurna, Rómulo se hizo poco a poco consciente de su propia situación respecto a su hermano Remo. Aun cuando su amor por él no hubiera disminuido un ápice, aunque le seguía reconociendo superioridad en muchas destrezas, él mismo lo aventajaba en otras: era ya un adulto y como tal reconocido por su comunidad. Quizá su conducta no era tan errada como había creído; su instinto al buscar la moderación y el respeto a los dioses era acertado. Así, durante los seis días transcurridos con Urco, su corazón y su espíritu habían encontrado paulatinamente la calma.
Cuando aquel 21 de diciembre abrió del todo los ojos, Rómulo recordó que por fin había llegado el día tan esperado. Y no sólo porque celebraría un sacrificio en Cenina con sus demás colegas de iniciación. Cuando terminaran esos ritos al día siguiente, se acercaría al Palatino a ver a su madre antes de retornar a esta cabaña.
Cuando se puso en pie, Urco ya tenía preparado el desayuno y le tendió un cuenco humeante.
- Siento muchísimo no poder acompañarte a Cenina, hermano - le dijo con cierta pesadumbre, mientras bebían el caldo sentados ante el hogar.
- También a mí me hubiera gustado tenerte cerca - respondió Rómulo -. Pero comprendo que debas esperar a tu amigo.
- No tengo más remedio. Llegará hoy o mañana, pero urge darle el recado enviado por su familia. ¡Urbano Lacio y yo estamos condenados a no permanecer juntos mucho tiempo! Nos conocimos poco antes de tu nacimiento ¿sabes? Desde entonces él no había vuelto al Palatino y tenía intención de quedarse unos días conmigo ahora, al regresar de Cures. No podrá ser.
- Peor sería que su padre muriese en su ausencia…
- Por eso no perderemos tiempo. En cuanto Urbano llegue, nos pondremos en camino hacia Alba Longa. Lo acompañaré, no me gustaría que viajara solo y con tanta preocupación. Según el mensajero, su padre está ya agonizante. Díselo tu mismo a nuestro padre, pues él espera verme en Cenina y puede preocuparse mucho si no me ve. Últimamente se alarma por todo…Pero hablemos ahora de cosas más alegres. ¿Tienes ya todo preparado?
- Sí. En cuanto avance un poco el día iré al santuario de Quirino a encontrarme con mis amigos Quintili. Desde allí emprenderemos juntos el camino a Cenina. Gordio ya ha ido con anterioridad y dice que si vamos a buen paso llegaremos pronto. Cuéntame, ¿es grande Cenina? ¿Se parece al Septimontium?
Entonces Urco se explayó hablándole de esa ciudad, nacida sobre un montículo cerca de las riberas sabinas del río Anio y gobernada con mano sabia por el rey Acrón.


También Acca Larentia se había levantado al alba en su cabaña del Palatino y había pensado en Remo. Salió a la puerta. El día más corto del año había amanecido oscuro, plomizo, con nubes bajas y asfixiantes que amenazaban sofocar su corazón, cargado ya de negros presagios. Los laureles de la cima del Aventino agitaban sus ramas como si la saludaran, o como si quisieran burlarse de ella. No oía el viento ulular entre sus ramas, pero su corazón intuía un son oscuro. La morada de Jano, en cambio, parecía inmóvil y silenciosa, expectante, como si el dios aguardara algo.
Entró en la cabaña y, casi instintivamente, se dirigió al rincón donde tenía los enseres de cocina, sobre los cuales, colgada de un gancho en la pared, había puesto a resguardo la bulla de Remo. Tres días les había costado a Fausta y a ella encontrarla, enredada en las ramas altas de un mirto, después de que el muchacho, lleno de ira, se la hubiera arrancado del pecho y arrojado por el aire. La había recuperado con la esperanza de convencerlo de la necesidad de colgársela otra vez del cuello, pero habían pasado ya seis días desde aquel infausto episodio y no había conseguido ver a su hijo. Cogió la bulla, la apretó contra su pecho y luego la besó.
Su pensamiento voló entonces a Rómulo. Tampoco lo había visto después de la fiesta Lupercalia, pues se había marchado con Urco a la cabaña de la vía Salaria. No temía por él, aunque sabía cuánto estaba sufriendo por lo ocurrido a su hermano gemelo, a quien quería profundamente. Eran iguales en muchas cosas y muy diferentes en otras. Sin saber el motivo, recordó sus propias palabras cuando Fáustulo les dio nombre a cada uno de ellos. Le surgió de manera espontánea decir que Remo estaría muy unido a la tierra. En cambio, a Rómulo le auguró éxito en el arte de la palabra y en el de las armas. Qué extraño y lejano le parecía todo aquello y qué poco acertada su inspiración, pues Remo superaba a Rómulo en el manejo de las armas y en otras habilidades guerreras. Habían sido tiempos gozosos, pero ¿se habrían equivocado Fáustulo y ella al creer que los gemelos estarían a salvo para siempre?
Volvió a sentir una fuerte opresión en el pecho. Ahora el peligro era doble, pensó de pronto con gran sobresalto: Remo seguía correteando por el valle de Murcia, al alcance de los pastores del Aventino y de su jefe Caius, quien aún no había mandado ningún mensaje a Fáustulo para pedir compensación por los hombres muertos en la refriega del valle; por otra parte, Rómulo estaría ya de camino hacia Cenina, donde participaría esa misma noche en un sacrificio con los demás jóvenes del Septimontium recién incorporados a la vida adulta. A esa ceremonia concurrirían artesanos, comerciantes, pastores y gente noble de muchos lugares, tanto de la tierra sabina, a la cual pertenecía esa ciudad, como de pueblos albanos. Quizá, incluso, enviaría representantes la propia ciudad de Alba Longa. ¿Y si alguien lo reconocía?
Sus ojos estaban llorosos cuando entró en la cabaña su marido Fáustulo, quien venía a recoger lo necesario para acudir él mismo a Cenina. Tras mirarse unos instantes, ambos cónyuges se abrazaron.
“Lágrimas negras derramó Acca Larentia./ Oscuros presagios atenazaban a Fáustulo./ Quienes guardan en su corazón un secreto/ viven inevitablemente bajo la amenaza del desvelamiento”, dejó dicho Urbano Lacio.

NOTA: Queridos amigos, éste ha sido el primer capítulo de la segunda parte de la historia de Remo y Rómulo. ¡Espero que os haya gustado! 
*Algunas las cuatro fotos han sido sacadas de internet; las restantes, son mías.